Tengo la sensación de que éste es un día aciago.

Siento desazón, me duele el cuerpo y tengo algo de fiebre, así que me quedo en casa. De todos modos me alegra no tener que ir a la reunión familiar. No estoy de genio para eso. Llevamos varios días reuniéndonos y cocinando en grupo. Es delicioso encontrarse con la familia y sentir ese amor especialmente en época navideña, pero hoy no quiero nada.

Recuerdo que anoche me desperté angustiada y tenía la sensación de ser observada, me tapé hasta la cabeza con la sábana y me quedé muy quieta y expectante. No sé cuánto duró esto,  finalmente me dormí.

Tampoco se cuánto tiempo pasó hasta que volvió esa sensación. Me asusté y no fui capaz de moverme. Sentía cómo me palpitaba la sien. Esperé y nada pasó. 

Estaba angustiada, inquieta, hambrienta y con frío. Miré mis manos que temblaban un poco, y de pronto noté que son muy grandes, blancas, masculinas. Las extiendo, miro las palmas y sí, son mis manos, muy blancas…¿Soy un hombre? El pensamiento pasa fugaz porque entonces miro más abajo y veo unas botas negras, perfectamente limpias, excesivamente pulcras.  Ohhh vaya!! ¿Quién soy?

Tengo hambre, mi pobre estómago no me deja en paz!  Me escabullo por un corredor apenas iluminado por unas lámparas empotradas en nichos, en la pared de piedra gris. El piso es igual: gris, duro y frío. Giro a la derecha y siento pasos a lo lejos. Me detengo en el umbral de una puerta que me provee un poco de sombra. Mi uniforme me ayudará, es negro, pienso. Miro mi pantalón perfectamente metido en las botas altas de cuero y espero. El hombre que pasó en ese instante por el otro extremo del corredor es el prefecto. Me salvé!

Sigo mi camino rápidamente. A esta hora ya han terminado de hornear los panes y no hay nadie en la cocina, así que podré comer y beber tranquilo. Sé que el cocinero duerme en la zona del servicio y las patrullas tienen prohibido pasar por allí, en eso pienso mientras continúo mi camino.  Ojalá el maestro de guardia me de tiempo….

Entro a la cocina, parece muy antigua. Justo frente a la puerta hay dos mesas de madera oscura y robusta. Son largas y están ubicadas a lo largo del salón, al fondo se ve una enorme estufa, la pared manchada de hollín  y hacia un extremo el horno. Justo en el extremo de una de las mesas, frente al horno reposan bandejas cubiertas con paños. El olor es mágico, maravilloso, me llama y yo obedezco.   Enfilo mis pasos, o más bien doy dos pasos en esa dirección antes de que alguien me de un empujón tan fuerte que fui a parar debajo de los panes. No tuve tiempo de  ver quién me atacaba porque en seguida llovieron sobre mi golpes como con un garrote y grité.

Me desperté muy asustada, con el corazón agitado y dolor en los brazos que en mi sueño opuse como defensa. 

Qué increíble sentir ese dolor y peor aún, ser un jovencito que según parece,  intenta robar comida en lo que podría ser un internado y lo digo porque al analizar lo ocurrido hasta esta madrugada, recordé que el muchacho pensaba en el prefecto y el maestro de guardia. ¿Serían la misma persona? No tengo idea. La cabeza me daba vueltas, me senté y rápidamente encendí la lámpara de mi mesa de noche.

Creo que estaba conmocionada, sin embargo revisé mis brazos y no hay marcas, pero me duelen y me duele el cuerpo…

Intenté dormirme para seguir soñando y lo logré  cuando comenzaba a amanecer. Lastimosamente no soñé nada.

No puedo quitar de mi mente el recuerdo de cada detalle: cómo pensaba este joven, esas manos suyas que sentí mías, su color de piel,  las botas tan brillantes, la construcción, el olor del pan y esos golpes sin que mediara palabra.  Quiero saber quién es ese muchacho y qué tengo que ver con él. ¿Se quedará como un enigma? Espero me revele más.


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