“Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto como nosotros sobre ellas.” George Elliot

 

“Descarriada!!”-gritaba alguien

“Descarriada!!”- esta vez volteé para ver a quién le decían así y qué increible y maravillosa sopresa:

– “Cuántos años han pasado mi hermana descarriada!!” Exclamó el hombre con la misma confianza y descaro de antes mientras sacaba su cabeza por la ventana del viejo Toyota 66 de toda la vida y que sin reparo detuvo a media calle. Por supuesto la descarriada era yo.

Me acerqué contestándole el saludo con la misma actitud:

– El cura malario en persona!! No lo puedo creer!! Qué gusto verlo padre!!

– Oiga usted si que no cambia nada!! Qué hace por aquí? Para dónde va tan sola? Cuidao se la llevan …. vea que están robando bobas!! – y soltó su generosa risotada.  Volví a ver a mi personaje favorito.

Rápidamente le conté de mi trabajo y me invitó “un tintico”. Como se muy bien lo que eso significa, acepté encantada.

El padre Juan Antonio es un hombre alto, bastante robusto y panzón; pulcro y correcto en su manera de vestir; cuando le da por ser formal, aunque sus modales sean los mejores, no le lucen porque sus movimientos toscos se acentúan como por contraste. Es dicharachero y bonachón, pero aclaro que tiene suficiente malicia y picardía como para hacer triquiñuelas y conseguir lo que sea que necesite para sus iglesias y escuelas. Lo admiré siempre por el tezón y amor que ponía en las obras que sacó adelante en las veredas que atendía. Trabajaba hombro con hombro con los obreros y claro está, bebía guarapo y cerveza como ellos. En mi imaginación era como Porthos, el gigante torpe, noble y algo ingenuo de la obra de Dumas.

Mientras bajábamos de su auto observé divertida cómo aún usa el viejo casco de aluminio. Este artículo imprescindible en su vestimenta diaria debe su existencia a un favor muy especial: le salvó la vida.

Hace como 25 años el padre hizo parte de las cuadrillas que iban a las veredas bajo su cargo para fumigar contra los mosquitos que transmiten la malaria. Precisamente en una de aquellas jornadas, mientras recogía un morral para cargar en la mula, el animal le lanzó una patada y aunque el cura cayó hacia atrás y quedó tendido un rato, no sufrió mayor daño. El casco evitó que ocurriera una desgracia. Desde entonces es un infaltable en su indumentaria. 

Nos sentamos en la cafetería de la esquina de la alcaldía, pero la gente llegaba a saludarlo, a invitarlo, darle quejas, contarle chismes y sin más se sentaban. Entonces nos fuimos al patio de la casa, donde Rosmira, la dueña del local que de inmediato y como años atrás nos acomodó mesa y más café además de media botella de aguardiente. 

Mientras servía un nuevo café con un chorrito de licor para mi, me contó que venía a visitar a doña Margarita, la viuda del mono González que está muy enferma y como fue tan buena con él cuando vino muy jovencito a hacerce cargo de lo que quedaba de la iglesia del pueblo luego de que se cayera de vieja y descuido, sentía en su corazón que a esta señora le debía no sólo atención como sacerdote, sino como amigo e hijo adoptivo.

Rosmira vino a ver que otra cosa necesitábamos y muy cómodo pidió una “picadita”. La señora se sonrió:

– Una picadita padre? O una picadita de las suyas? Diga pues.

– No le digo!! No me venga con adivinanzas!! De las mías doña!! – dijo entre risas, dando énfasis con sus enormes manos y luego mirándome muy tranquilo -Se acuerda china cuando nos metieron en chismes? Esta mujer la defendió mucho a usted esa vez – la señaló – Menos mal las reuniones eran aquí, se imagina en la casa cural?

– Y usted se acuerda cuando el viejo Pedro se fue a la casa a hablar con mi marido? – nos reimos en coro – salió regañado y amenazado con demanda.

– Es que la gente es muy malpensada… esas viejas rezanderas, poquitas se salvan, son las más morbosas y ven lo que desean ver, así de sencillo y en estos pueblitos donde reina la ignorancia y tanto pensamiento raro, ja!! Son peor. No ve que no tienen en qué pensar? Se la pasan rumiando la vida de los demás…. viejas sin oficio……

– Pero por qué será? Reconozca! Hay curas de toda clase, luego alegan santidad … – me le acerqué un poquito – Padre y aquí entre nos, así en secreto, usted nunca….

– Otra vez lo mismo? Pues la dejo con la duda para que respete!! Eso para qué se va a poner a pelear conmigo. Somos hombres y cada cual lucha con sus debilidades como puede o decide no luchar y dejar los últimos años para los arrepentimientos y hacer las paces, si es que hay conciencia como para eso (aquí entre nos)….Como hacemos negocios con Dios y nos imaginamos que nos dice que si….uno cree que ya todo está bien…

– Ah si ve? Usted no suelta prenda y en cambio yo le contaba todo..

– Como debe ser hija – dijo en son de burla juntando las manotas sobre su barriga y entrecerrando los ojos como en actitud de santo – 

– Me rindo! Y cuénteme padre, ahora dónde anda?

– Yo? Me mandaron para Cisneros y en las mismas que acá, sólo que ya mas pausadito porque los años no llegan solos. Los achaques a veces me atacan…. – se miraba las manos nudosas cuyos dedos ya están algo torcidos por la artritis, depronto se anima y me habla con el acento que sacaba para hacer sus chistes:

– Ve y seguís de hermanita separada? Mucha protesta o que? Ya te ubicaste? O me toca ubicarte a punta de rejo? Todavía puedo darte una zumba pa que te enderecés que buenas ganas me dan. Ave María, dizque salir torcida!

– Já!! Ni crea señor  y mejor ni me busque que ustedes andan muy mal parados por estos días y ya la gente no…..- me callé porque me miraba muy serio. O mis reclamos no le hacían gracia ya o se me había ido la mano – Usted sabe que yo lo respeto y estimo mucho….- se sonrió y siguió pensativo –

– Mañana me toca viajar. Tengo que despinchar el repuesto….. Rosmira!! – ella llegó al momento – Vea mija, dígale al muchacho que le ayuda que me haga el favor de llevar el respuesto del carro que está ahí atrás a despinchar… – se quedó mirándome- hace tiempo que no hablo de libros con nadie. De hecho hace mucho que no leo con juicio. La vida cambia y uno también. Ahora como que no tengo ese sosiego y esa alegría de antes. No se qué me pasa….

– Y qué será lo que le sucede? Ya no está enojado conmigo? – le pregunté-

– Enojado porqué? – se tomó un trago de aguardiente –

– Por lo que le dije – respondí algo temerosa de haberle ofendido –

– Nooooo mijita!! Olvídese! – prosiguió en tono conciliador – Aunque se le estaba yendo la mano a la señora, no? – ahora con una sonrisa – no se preocupe que yo se que usted lo decía más o menos en chanza.

– Pues sí. Gracias!! Y porqué no más lecturas? Será alguna crisis de la edad?

– Viejo? Ahora sí me está ofendiendo señora!! – y se rió como siempre- Cuál crisis? Eso le da a los casados para poder conseguir muchachitas!! Además tengo más de 60… no, más bien pereza y que nos recomendaron guardar cierta distancia en lo personal para evitar suspicacias y líos de faldas… de todos los géneros – se reía con más fuerza y su barriga se movía siguiendo el  ritmo-

– Entiendo. Entonces se acabaron las tertulias? Tan rico que es hablar cosas sustanciosas y pelear con usted…

– Para mi, yo creo que si. Lástima, la pasábamos muy bueno los cuatro.

Rosmira trajo una bandeja llena de plátanos maduros fritos, papitas criollas, chorizo, morcilla, longaniza y otras carnes que por supuesto atacamos con gana.

En ese mismo patio, debajo de un almendro nos reuníamos: el cura Juan Antonio; don Fernando, un profesor ya viejito y muy sabio en literatura que lastimosamente ya murió; Elsa, esposa del personero municipal a quien invité a nuestras reuniones cansada de ver cómo languidecía de aburrimiento y tristeza todas las tardes en este lugar donde apenas hay quinientas casas y nada productivo que hacer, y yo. Un grupito muy singular donde la lectura era el pretexto perfecto para acompañar nuestras soledades.

Todo comenzó por casualidad en una reunión política donde las señoras debíamos estar atendiendo y acompañando a las esposas de dos senadores, mientras los señores bebían y urdían sus asuntos. Me aparté del grupo y resulté sentada al lado del profesor y casi al instante comenzó a hablarme de Cortázar. Como vio que le seguía, se interesó por mis autores favoritos y acordamos una próxima reunión. El siguiente en sumarse fué el Padre Juan que propuso el patio de Rosmira por ser un lugar neutral y poco después, como dije, se incorporó Elsa. 

Las reuniones se hacían los lunes o miércoles, según conveniencia de la mayoría y hablábamos de todo un poco. Fué el padre quien propuso que leyéramos los mismos libros para ver cómo los analizaba cada cual. Fué magnífico. Estas reuniones nos alimentaban. Me sentía feliz y creo que ellos también porque casi nunca faltaban.

Comíamos, bebíamos café que el padre nos regaba generosamente con aguardiente y nos reíamos mucho. A veces había duras discusiones que el profesor y Elsa arbitraban casi siempre, pero todo con profundo respeto.

– Oiga padre, se acuerda de doña Remigia? También está muy enferma. Ya la trajeron a la casa. Eso me contó la nuera.

– Cuál Remigia?

– Doña Remigia, la señora que vendía tamales, que vivía en la salida al cementerio… acuérdese!

– La morenita esa pequeñita? – abrió mucho los ojos- Todavía vive? Debe andar por los noventa, no?

– Yo no se, pero está muy viejita. Se acuerda que dejó de mandarle tamales? – me reí con bastante burla –

– Ahhh pero es que cómo se le ocurre salirme con esas!! Yo haciendo semejante misa tan bonita por la reconciliación de las familias… deje de burlarse!!….. Les digo que salgan a hacer petición por sus seres queridos y me sale esta vieja loca con que pidiendo oración por la de la novela de Café que se iba a buscar al novio a Europa dizque para que le fuera bien y se casara con ella – Me reí con ganas mientras me miraba enojado con el recuerdo – O sea que lo que les enseñaba quién sabe cómo se lo aprendieron….. qué pensaría esa señora? Qué idea de la realidad tendría? Noooo yo creo que para ella el Chapulín sí existía!! Hasta lo invocaría…. digo yo..- y dió un manotazo de frustración en la mesa.

– No va a ir a visitarla? Yo creo que ella ya le perdonó el regaño, no será? Acuérdese que hay que visitar a los enfermos… – le dije con sorna-

– Pues sí. Qué pensaría esa señora? – decía como para sí – Es que todavía no me cabe en la cabeza semejante cosa. Será que a otros les pasa y uno no se da cuenta?

– Seguramente. Imagínese cómo se habrá criado la pobre. Vería la tele como quien se mete en la vida de otros. Así de sencillo.

– Pues sí china – dijo ya casi terminando el piquete y mirando el reloj – Y ahora qué va a hacer?

– Me voy a buscar a unas señoras para citarlas a una reunión esta tarde. Y usted?

– A visitar a doña Remigia… voy a llevar los aceites. Le habrán aplicado la extrema unción? Luego salgo para Las Montoyas… Nos vemos mañana para la despedida, no?

– Es que no lo perdono si se va así no más. Déjeme sus datos para escribirle de vez en cuando.

– Listo, apunte a ver si es verdad que no es ingrata – me dio sus direcciones y número telefónico, luego un abrazo, la bendición como si fuera mi abuelo y obligándome a persignarme, un beso en la mejilla y  salimos al local. Me despedí contenta y algo inquieta a la vez, no se porqué. 

Al día siguiente me llamó para decirme que ya no alcanzaba a entrar hasta aquí, me bendijo y me comprometí a escribirle a su correo. Fue un maravilloso encuentro con un personaje fascinante. Un hombre auténtico así no fuera cabal en todo, como solemos imaginar quizá en forma errónea que debe ser un ministro de Dios.  Será que no lo volveré a ver jamás? Tenía tanto por contarle. Me hubiera gustado saber su opinión…..

Espero que este encuentro no haya sido una despedida.

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