OTRO AÑO

Estándar

¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las mías?                          Miguel de Cervantes Saavedra.

Hace poco, muy temprano, recibí la llamada de una amiga muy querida que entre angustiosos suspiros y palabras ahogadas me invitaba a una reunión de amigas y luego soltó el llanto. Por supuesto mis buenos deseos y bendiciones por su cumpleaños número 40 quedaron para otra ocasión.

Le conté las bondades de la segunda adolescencia: los cambios hormonales que nos hacen retozonas y vivaces como adolescentes y a la vez la dicha de la experiencia, maravillosa combinación. Dijo no ver la gracia de las benditas hormonas que finalmente anuncian la premenopausia y que de todos modos volantona había sido siempre…. ni modo.  Comenzó a hacer un extenso inventario de lo que había sido su vida hasta el momento: la hermosa niñez; la adolescencia maravillosa, algo confusa, pero al fin feliz; la juventud un tanto incendiaria, contestataria e intensa; sus años de matrimonio, los hijos, la lucha, un amante (oh sorpresa!), pesares y ahora… ahora? Ahora qué? Yo quería que me contara lo del amante, pero me ignoró y continuó su monólogo.

Me pareció algo exagerada su angustia porque es inevitable envejecer. Pienso que hay que hacerlo conscientes del proceso, sabedores de que precisamente ahí está la gracia, en que no somos eternos ni inmutables, pero cómo decirle eso a alguien cuya vanidad y sistema de valores lastimosamente impuestos por mensajes vanos y consumistas le han convencido del inminente fin de su “vida útil” por cumplir un año más?

Todos tratamos de acomodarnos al cambio de la manera más graciosa posible y para esto sirve el convencional y muy ecológico tratado sobre hacerlo con dignidad, que nos viene de maravilla cuando ya estamos en el proceso y eso, seamos honestos, porque el cambio es inminente.  Creo que siendo un hecho tan común, deberíamos aceptarlo sin tara.

Pero no.

Para rematar te levantas y el espejo te la canta con crudeza cada mañana – Y en la cara! –  La culpa es de la vanidad.

Y para no hablar sólo de los demás, recuerdo el día en que descubrí tres canas  justo en la sien, plena fachada. Tan persistentes que se quedaron paradas, anunciando con orgullo y altivez su llegada.  Aquí no hubo nada más que hacer.  Ingenua me las arranqué y por supuesto regresaron, paradas también. Decidí ignorarlas y soportar con valentía una que otra amable y solícita observación. Después de todo no hay crema, laca ni tratamiento que las aplaste. Sobra decir que desde entonces acepto y más aún, predico el cuento de la dignidad por pura conveniencia.

Dejemos de lado el resto de la anatomía para no alargar esta entrada, y no tener que aceptar más verdades.  Los hombres que no crean que quedan a salvo. Tan sólo diré y con pleno conocimiento que les da por levantarse con nuevos aires y energías, se sienten intrépidos, recurren a los cambios de look y demás fruslerías y muchas veces sucede igual que cuando las mujeres usan ropa de jovencita: ridículo total.

Es verdad que todos queremos agradar y esta en nosotros por ser sociales el deseo de ser aceptados, pero no conviene exagerar. Démosle más valor a nuestra persona. En este momento lo que vale es lo que hemos hecho por cultivarnos y lo que seguimos haciendo ya estructurados, las personas que somos. Ahora es tan delicioso disfrutar y degustar con calma y mucho placer lo que antes devorábamos sin detenernos a apreciar… es la ventaja de la madurez.

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